buena vibra

Una noche de short y ojotas, manuela salió a caminar. Era una de esas decisiones que se dan así de la nada, estaba viendo la televisión, que quería cantar, comer, bailar, buscó la llave y se fue. El tren fue el primero en detener su paso. La gente viajera la desconcertó, iban a un ritmo diferente. Los semáforos tampoco tardaron en ser interruptores, aunque ya más avanzada la cosa, eran una alegría para sus eternas piernas.
Cada paso era una sensación distinta. Su cabeza era una hoguera, un circo, un pizarrón… tenía diez mil funciones.
El reloj de sus muñeca musicalizaba cada momento, haciendo de cada tic un interrogante, y de cada tac, una respuesta.
Urgente era ni rápida ni veloz como lo sentía. Su vida era demasiadas cosas juntas. Ya no le interesaba el hecho de volar y poder ver todo desde arriba, se sentía allí y no quería conocer más. El vaivén de sus pasos la empezaron a marear. El sentimiento de una gota de champagne en su lengua. Calles sin salida, túneles oscuros, puentes con largas escaleras: no fueron un obstáculo. Cada uno lo cruzó.
Ahora sus alas no la dejaban caer en la realidad que con sus andar había desplazado. El brillo de los carteles de la vida desestabilizaba sus ojos con mentiras obvias que no había deseado observar. Sentía que su flequillo servía de algo.
Sus manos sudaban en los bolsillos que paso tras paso había sabido llenar, que panfletos, que chicle, que llaves…
Su cuerpo cansado no quería más, mas su cabeza se lo pedía a gritos. Aullaban. Era una sensación y una experiencia nueva, terrible. Caminos viejos. Senderos pisados. Trayectos marcados. Música sorda. Valor sentido. Coraje Atribuido. Vivir. Sonreír.
Sol salí:
“Mírame cuando el sol no lo haga y sentime cuando estés en mi cama. Soñame mientras me queje y dejame cuando te bese. Así cada abrazo dado se volverá río y mi cuerpo líquido difundido. Dejame ser amigo de tus caricias. Asumime en cada pensamiento. Baila conmigo en tu andar. Y no desees la oscuridad. Se feliz.”