Y pensar que hay más de mil diarios en un barrio. Cada calle distinta con casas distintas. Algunas ni las tienen. Muchos locales. Muchos carteles. Todo tan distinto.
La gente camina ligeramente. Escuchan música. Ríen. Hablan por teléfono. Corren. Lo hacen acompañada. O no.
Los autos terminan de armar ese hermoso concierto urbano con sus bocinas y sus frenos aceitados.
Pero ese día Matías se sentía ajeno a todo eso. Exterior. Extranjero de la ciudad. Nuevo. Pero capaz de observar y describir cada cosa que se daba delante de sus ojos.
Era una sensación intensa que lo desconocía.
Miraba sus manos e intentaba recocer en ellas el goce de uso. Sus pies lustrosos empezaban el andar. Y su boca se secaba al ritmo de los pasos. El frío se comenzaba a sentir y su cuerpo, a tiritar.
Matías, Mato, Tute, Tate… no podía creer lo que se desplegaba ante su vista.
Ese día se había levantado, y su hogar ya no era igual. Con su pantalón cuadrille y sus pantuflas celeste se dirigió a la cocina con las ansias de recibir su rico café calentito, pero su madre no estaba. Deseó pesar que se había quedado dormida. Pero era tarde, ella se había ido como la noche anterior se lo había jurado.
Los temas en conflicto de la relación de sus padres no eran de su incumbencia hasta que los negativos gritos golpeaban ferozmente la puerta de su cuarto. Escudaba a sus hermanitas y las alejaba de tal violento momento.
El olor a fresas claramente no sea olía esa mañana. Disimuladamente, les preparo los cereales con leche, las ayudó a vestirse y las dejo en el colegio.
Perdido frente al volante, no entendía como los hechos sucedían a su alrededor. Sentía todo aquello y quería que finalizase.
Llego a su facultad, y sin mucho pensar al lado de una chica se sentó. Sin ningún tipo de vacilación le quitó los auriculares y empezó a hablar. Ella perpleja lo miro e intuyo que solo debía oír. Con metáforas y engranajes de palabras empezó su discurso. Quiso presentarse y bien extendidamente lo realizó.
En un pasar de minutos, se desnudó por completo. Las horas de clase se hicieron ausente, y una centena de chocolatadas, necesarias.
Tate habló sin interrupción, mientras ella desplegaba su sonrisa dudosa y lo miraba con gran compasión. Certeza de que ese hombre aseguraba una buena persona y que no le molestaba arriesgarse a conocer.
Íntimos. Inseparables.
La orquesta urbana los empezó a los escoltar. Juntos. Con algún tema nuevo por abordar, siempre. Hablaron de la primavera, del Che, de Perón, de Brasil, de autos, de penas, de cine, de fútbol, de alegría, de tristeza, de blanco, de negro, de amor, de locura, de muerte, de él y de ella.
Amigos. Así se hacían llamar y así se entendían.
Hasta que indisimulable se volvió esa adicción mutua.
Primera cita. Primer beso hasta el segundo, el tercero, y así sucesivamente.
Flechados comentaban su sorprendente unión.
18 y 19.
Castaña y morocho.
De ojos marrones y de ojos verdes.
La gente camina ligeramente. Escuchan música. Ríen. Hablan por teléfono. Corren. Lo hacen acompañada. O no.
Los autos terminan de armar ese hermoso concierto urbano con sus bocinas y sus frenos aceitados.
Pero ese día Matías se sentía ajeno a todo eso. Exterior. Extranjero de la ciudad. Nuevo. Pero capaz de observar y describir cada cosa que se daba delante de sus ojos.
Era una sensación intensa que lo desconocía.
Miraba sus manos e intentaba recocer en ellas el goce de uso. Sus pies lustrosos empezaban el andar. Y su boca se secaba al ritmo de los pasos. El frío se comenzaba a sentir y su cuerpo, a tiritar.
Matías, Mato, Tute, Tate… no podía creer lo que se desplegaba ante su vista.
Ese día se había levantado, y su hogar ya no era igual. Con su pantalón cuadrille y sus pantuflas celeste se dirigió a la cocina con las ansias de recibir su rico café calentito, pero su madre no estaba. Deseó pesar que se había quedado dormida. Pero era tarde, ella se había ido como la noche anterior se lo había jurado.
Los temas en conflicto de la relación de sus padres no eran de su incumbencia hasta que los negativos gritos golpeaban ferozmente la puerta de su cuarto. Escudaba a sus hermanitas y las alejaba de tal violento momento.
El olor a fresas claramente no sea olía esa mañana. Disimuladamente, les preparo los cereales con leche, las ayudó a vestirse y las dejo en el colegio.
Perdido frente al volante, no entendía como los hechos sucedían a su alrededor. Sentía todo aquello y quería que finalizase.
Llego a su facultad, y sin mucho pensar al lado de una chica se sentó. Sin ningún tipo de vacilación le quitó los auriculares y empezó a hablar. Ella perpleja lo miro e intuyo que solo debía oír. Con metáforas y engranajes de palabras empezó su discurso. Quiso presentarse y bien extendidamente lo realizó.
En un pasar de minutos, se desnudó por completo. Las horas de clase se hicieron ausente, y una centena de chocolatadas, necesarias.
Tate habló sin interrupción, mientras ella desplegaba su sonrisa dudosa y lo miraba con gran compasión. Certeza de que ese hombre aseguraba una buena persona y que no le molestaba arriesgarse a conocer.
Íntimos. Inseparables.
La orquesta urbana los empezó a los escoltar. Juntos. Con algún tema nuevo por abordar, siempre. Hablaron de la primavera, del Che, de Perón, de Brasil, de autos, de penas, de cine, de fútbol, de alegría, de tristeza, de blanco, de negro, de amor, de locura, de muerte, de él y de ella.
Amigos. Así se hacían llamar y así se entendían.
Hasta que indisimulable se volvió esa adicción mutua.
Primera cita. Primer beso hasta el segundo, el tercero, y así sucesivamente.
Flechados comentaban su sorprendente unión.
18 y 19.
Castaña y morocho.
De ojos marrones y de ojos verdes.
Verde esperanza.