gris

“Loco un poco nada mas” hubieran cantado una banda de su barrio. “Me enamore y no pensé…” recitarían unos vagos de por ahí. Pero ella no quería definiciones para lo que esta pasando. “Lo que paso, paso” gritarían desde el centro del continente para relajarla aún más.
De disco en disco sus parlantes se descontrolaban en cada nuevo ritmo. Sus sensaciones buscaban explicaciones en esas letras vacías que de algún modo buscaban ser actualizadas con cada auditorio. Ese último hoy era ella. Una chica de estatura media, ojos claros, cabellos rubios, tez blanca, como claramente se la describiría en una comisaría. Sin embargo, hoy su descripción derivaba más cosas. Era distinta. No solo se valía por su flamante y esplendoroso exterior, sino su belleza interior la inundaba por completo. El vestido blanco que había elegido ponerse no había sido un acto inconciente, la pureza era algo que hoy la resignaba, mas la negaba tener.
Los cigarrillos que ya se habían muerto en ese recipiente metálico pasaban las dobles idas al kiosco. Nervios. El rodete en la cabeza indicaba sus temerosos deseos que aún no podían esclarecer. Lucio la llamaba a comer y el gato le lamía la mano mientras incesantemente sus ojos escondían unas lagrimas traviesas que querían desprenderse de su cuerpo para liberarse y liberar esa abstracta idea de no saber lo que uno le pasa.

buena vibra

Una noche de short y ojotas, manuela salió a caminar. Era una de esas decisiones que se dan así de la nada, estaba viendo la televisión, que quería cantar, comer, bailar, buscó la llave y se fue. El tren fue el primero en detener su paso. La gente viajera la desconcertó, iban a un ritmo diferente. Los semáforos tampoco tardaron en ser interruptores, aunque ya más avanzada la cosa, eran una alegría para sus eternas piernas.
Cada paso era una sensación distinta. Su cabeza era una hoguera, un circo, un pizarrón… tenía diez mil funciones.
El reloj de sus muñeca musicalizaba cada momento, haciendo de cada tic un interrogante, y de cada tac, una respuesta.
Urgente era ni rápida ni veloz como lo sentía. Su vida era demasiadas cosas juntas. Ya no le interesaba el hecho de volar y poder ver todo desde arriba, se sentía allí y no quería conocer más. El vaivén de sus pasos la empezaron a marear. El sentimiento de una gota de champagne en su lengua. Calles sin salida, túneles oscuros, puentes con largas escaleras: no fueron un obstáculo. Cada uno lo cruzó.
Ahora sus alas no la dejaban caer en la realidad que con sus andar había desplazado. El brillo de los carteles de la vida desestabilizaba sus ojos con mentiras obvias que no había deseado observar. Sentía que su flequillo servía de algo.
Sus manos sudaban en los bolsillos que paso tras paso había sabido llenar, que panfletos, que chicle, que llaves…
Su cuerpo cansado no quería más, mas su cabeza se lo pedía a gritos. Aullaban. Era una sensación y una experiencia nueva, terrible. Caminos viejos. Senderos pisados. Trayectos marcados. Música sorda. Valor sentido. Coraje Atribuido. Vivir. Sonreír.
Sol salí:
“Mírame cuando el sol no lo haga y sentime cuando estés en mi cama. Soñame mientras me queje y dejame cuando te bese. Así cada abrazo dado se volverá río y mi cuerpo líquido difundido. Dejame ser amigo de tus caricias. Asumime en cada pensamiento. Baila conmigo en tu andar. Y no desees la oscuridad. Se feliz.”

machina de feria

Y pensar que hay más de mil diarios en un barrio. Cada calle distinta con casas distintas. Algunas ni las tienen. Muchos locales. Muchos carteles. Todo tan distinto.
La gente camina ligeramente. Escuchan música. Ríen. Hablan por teléfono. Corren. Lo hacen acompañada. O no.
Los autos terminan de armar ese hermoso concierto urbano con sus bocinas y sus frenos aceitados.

Pero ese día Matías se sentía ajeno a todo eso. Exterior. Extranjero de la ciudad. Nuevo. Pero capaz de observar y describir cada cosa que se daba delante de sus ojos.
Era una sensación intensa que lo desconocía.
Miraba sus manos e intentaba recocer en ellas el goce de uso. Sus pies lustrosos empezaban el andar. Y su boca se secaba al ritmo de los pasos. El frío se comenzaba a sentir y su cuerpo, a tiritar.
Matías, Mato, Tute, Tate… no podía creer lo que se desplegaba ante su vista.

Ese día se había levantado, y su hogar ya no era igual. Con su pantalón cuadrille y sus pantuflas celeste se dirigió a la cocina con las ansias de recibir su rico café calentito, pero su madre no estaba. Deseó pesar que se había quedado dormida. Pero era tarde, ella se había ido como la noche anterior se lo había jurado.
Los temas en conflicto de la relación de sus padres no eran de su incumbencia hasta que los negativos gritos golpeaban ferozmente la puerta de su cuarto. Escudaba a sus hermanitas y las alejaba de tal violento momento.
El olor a fresas claramente no sea olía esa mañana. Disimuladamente, les preparo los cereales con leche, las ayudó a vestirse y las dejo en el colegio.

Perdido frente al volante, no entendía como los hechos sucedían a su alrededor. Sentía todo aquello y quería que finalizase.
Llego a su facultad, y sin mucho pensar al lado de una chica se sentó. Sin ningún tipo de vacilación le quitó los auriculares y empezó a hablar. Ella perpleja lo miro e intuyo que solo debía oír. Con metáforas y engranajes de palabras empezó su discurso. Quiso presentarse y bien extendidamente lo realizó.
En un pasar de minutos, se desnudó por completo. Las horas de clase se hicieron ausente, y una centena de chocolatadas, necesarias.
Tate habló sin interrupción, mientras ella desplegaba su sonrisa dudosa y lo miraba con gran compasión. Certeza de que ese hombre aseguraba una buena persona y que no le molestaba arriesgarse a conocer.

Íntimos. Inseparables.

La orquesta urbana los empezó a los escoltar. Juntos. Con algún tema nuevo por abordar, siempre. Hablaron de la primavera, del Che, de Perón, de Brasil, de autos, de penas, de cine, de fútbol, de alegría, de tristeza, de blanco, de negro, de amor, de locura, de muerte, de él y de ella.

Amigos. Así se hacían llamar y así se entendían.

Hasta que indisimulable se volvió esa adicción mutua.

Primera cita. Primer beso hasta el segundo, el tercero, y así sucesivamente.
Flechados comentaban su sorprendente unión.
18 y 19.
Castaña y morocho.
De ojos marrones y de ojos verdes.
Verde esperanza.

diario

Que loco como la vida te sorprende, y no como dice la canción, cada viernes, sino cada día. Cada día es inédito y merece ser vivido.

Hay días que son grises, oscuros, donde quedarse en la cama es mucho más tentador que un cuarto de libra. Todo es horrible. Sucio. El viento sopla para el lado que no debe y las cosas no te salen como quieres. Una película es el mejor programa pero la no compañía te mata poco a poco. El amor se vuelve la azúcar del café y el abrazo la representación exclusiva.

Hay otros, que simplemente no tienen definición, son de indecisos. Hay nubes, pero de golpe él se asoma y te saca esa sonrisa. Te hace guiñar el ojo con esa rayita chiquita que es como una mano que te invita al baile: y uno baila. Que situación relajante. Desear eso y que este. De repente todo el mundo es hermoso y la risa sin querer se muestra.

Pero aún hay peores, esos que él te abraza sin cesar en cada paso que das y certeramente te garantizan una jornada estupenda.

Y hay días que no importa su color, ya que tal lo dan simplemente los sentimientos. A veces ese color se vuelve intenso, donde las mariposas son las protagonistas, todo huele rico y aunque el sol no este, todo brilla. Las lluvias se vuelven escenarios con paraguas y besos inesperados. La gente camina con pasos elegantes y movimientos orgullosos. La melodía se da sola, los instrumentos comienzan el concierto y todas las personas son el auditorio.

Tal vez, habrá otros días que ni son días, pero de esos no voy a hablar.

Cada día tiene su encanto, déjate encantar…

asi es y sera.

Que bueno sería para Marquitos dejar de ser tan bajito y poder superar la altura que sus hermanos aclamaban. De esa manera dejaría de ser el chiquito de la familia y podría manejar el auto colorado del papa.

Un día se harto y se puso zancos.
Pero al auto, igualmente, no pudo entrar.