eso mismo

Él me miraba y no podía no sonrojarme. Estaba ahí parada hace media hora esperando solo un cambio en monedas de cien, y sus ojos me llenaban de sensaciones extrañas. Nunca había estado en un lugar de esos. La puerta de vaivén se abría y cerraba constantemente.
Entraba desde el empresario que depositaría millones de sus dólares hasta el plomero que arregla el caño del baño que buscaría un préstamo.
Era viernes y las caras de las personas no se disgustaban con disimularlo. Los hombres de pantalón caqui y camisa era una característica típica de ese quinto día de la semana. Los tacos de las mujeres resonaban en el piso. Y los pasos arrastrados de los viejos de la cola izquierda me desconcentraban en ese momento mágico que yo y mi imaginación estaban creando. Mi mente iba a mil. Cada segundo era una frase nueva en mi cabeza.
Su reloj me opacaba la vista y sus gestos con su compañero de camisa rosa me interrumpían el pensamiento. No paraban de cuchichear. Algo escondían. Pero tampoco deseaba averiguarlo, ya el hecho de saber que me perseguía con uno de sus sentidos, me divertía. Le daba emoción a esa primera vuelta por el banco.
No lo podía evitar. Lla sonrisa cómplice no tardaba en dibujarse en mi cara y él se daba cuenta.
El de rosa, ahora también, me miraba y se reían mutuamente. Mi inseguridad salía aflote e intentaba resguardarme de esa situación tan vergonzosa.
Cada vez faltaban menos personas y me atenderían. El tiempo pasaba y se iban sumando más personajes a ese sitio. Y ahí la madama mejor representada llegaba apurada con cinco celulares en la mano recién esculpida. Un asco. Con un escote por el piso, zapatos de leopardo y jean ajustado, cosa que no le sentaba bien porque su figura estaba como un poco excedida. Pero, igual, estaba el baboso, viejo viagraso que no paraba de mirar esa cadera que se sobrepasaba de los 150 cms, seguro. Los dos nos reíamos de lo mismo. Nos entendíamos. Sentía que él, a pesar de no conocerme, sabía lo que estaba pensando y sospechaba que él intuía que yo sabía su pensamiento.
Faltaba una persona y me atenderían. No quería. Estaba disfrutando mucho ese momento.
Estaba yo y me tocaba a mí. Èl chico de la caja intercambiaba señas con el del al lado, y mi paranoia se descontrolaba: u hoy no me había lavado los dientes, o tenía algo pegado en la cara o era simplemente yo. Seguro que era la última opción.
Francisco.
se llamaba Francisco, re lindo nombre... lastima que mi hermano se llama así y ni da que me hijo lleve el mismo nombre, pero sonaría tan lindo.
Su amigo le gritaba: Franki, Franki se esta yendo.
Y que iba a pretender, que salga de la cola que había estado esperando hace una hora, solo para que venga y caiga en mis brazos y mañana nos casemos y tenga cinco hijos ...
pero siempre tan ilusa, tan soñadora, tan poco real. Vivía inventando historia que nunca ni parecidas se daban, siempre terminaba con el más feo, más fracasado y con menos futuro, me calentaba, y su tributo ya estaba pago. Todas las noches igual: más de diez vasos de cerveza encima y una calentura imposible de ser escondida.
Pero pasó.
Por un grito me di vuelta, y era él.
No se que excusa había inventado. Su mirada me seguía distrayendo. Se presentò. Se llamaba como ya sabía y era una decena mayor que yo, cosa que él no supo.
Me pidió mi mail y mi teléfono. No se lo di.
Me reí.
Se rió.
Y se fue.
Fui tonta, quizá no, quizá sí.

copate

Escribir lo que uno canción te produce. Es así. Es imposible. Es una sensación única. Quizá la descripción se podría acercar o quizá igualar, que ya sería algo único también, pero se estaría hablando de cometer una semejanza con otra acción. Como por ejemplo decir: me produce lo mismo que gozar durante toda una noche. Lo cual traería que tengamos que describir esa noche: porque hay muchas y no todas se parecen. Así que también se complicaría.
Entonces mejor de las canciones para cada uno sentirlas y acabose el tema.
Pero bueno.
Entonces de que podría escribir ahora, no lo se. Lo de la música era una buena excusa. Pero igual la seguiré escuchando de fondo. Me emociona.

sorpresaaa

Ambar iba a ser la protagonista de esta historia que ni siquiera ella presumía de su existencia. Era una chica muy simple. Simple. Una vida con pocos relieves. 16 años. 4to año del secundario. Vivía en Flores. Se vestía de jean, remera y zapatilla. Tocaba la guitarra. Leía a Borges y estaba enamorada de Pablo Echarri.
Simple, vio.
Era un día de esos, que queres que no arranquen, y cuando lo hacen ni lo hacen. Estas como en off. El tiempo era depresivo. No se asomaba ni un mínimo rayito de sol. Pero tenía un gustito raro. Sorprendente.
El naranja era el color elegido para vestir ese hermoso cuerpo. Un cuerpo que era bastante insulso, mas se valía por su interior.

Dios. Si Dios es bueno. Y me da un amor. Que lo sea, y lo sea ya.

Patricio una persona rara, por lo menos, para mi, y hasta desprolijo, andaba por la vida fumándose plantas que le garantizan un buen discurso utópico donde todo era legal. Luego de tal travesía, relataba cada extraño sentimiento o sensación que había sentido en su caminar. Vivía aislado. Con sus propias ideas.

Que faso fumaría.

Que loco hablaría.

Que pito tocaría.

Y qué ganas tendría.

Dudas. Relación: no hay.
Pato, Pato, qué hombre.
19 años. De profesión, estudiante de cine. Quinto hijo de una familia de diez. Nadador profesional y amante de la fauna argentina.

Segundo, cara de mandril aplastado por una grúa de Calafate. Era adicto al aceite.
Mario era tan rudo, tan molesto y tan pelotudo que de él no voy a hablar.
Felipe era un encanto. El típico novio que cada madre desea para su hijo.
Chico diez. Excelente deportista. Religioso.
Algunos le decían Felo, otros Buba, y otros ni lo conocían. Pasaban horas y horas y nadie se acercaba a él.

El centro, claramente era ella, Ambar. Tanta gente. Y todos atraídos por su calidez de persona.
Ese perfume que la hacia perspicaz, serena…
Qué mentira.
Ella hablaba, su cabeza se movía acribilladamente por la música que recordaba. Sus venas se llenaban de vida, y le aseguraban energía para seguir viviendo. Cada aguja que pasaba, cada respiro que diluía en el aire, significan un paso hacia la victoria.

Su libro.
Ya estaba.
Quién lo leería.
Se agotaria rápido.
Horas.
Dias.
Meses.
...
Años.
Palabras molestas que hablan sin que uno lo desee. No pueden explayar los sentimientos y manchan momentos. Palabras que no encuentro para expresar lo que mi cuerpo esta emanando. Mis dedos bailan sobre el teclado, pero la coreografía no es estable ni maravillosa. Qué pena, qué dolor.

Cuanta magia. Es un simple deseo. Y ya no es él, sino alguien. O algo.
Fui yo. Yo lo busque.

Extraño pensar en él. Quiero pensar que el también lo hace. Me haría tan bien.
Las viejas dimensiones del futuro.
Hoy todo es raro.
Aunque la ciencia ficción que leo me hace creer que nada es imposible, y nada raro…

Eternidad, infinito.

Aunque quiera, no puedo dormir, por lo menos falta cuatro cosas, sigo subiendo despierto hasta saber que llego la aurora…
Tal vez.

Inconciente. Incapaz. Indefinible.
Bravo.
Pero puro y pasional.
Lo vale.
Lo quiere valer.

Ojala.